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Praia de Valarés

<<Monte da FachaMonte Branco>>

La playa de Valarés, situada en el interior de la ría a los pies de Monte Blanco es una de las más visitadas da Costa da Morte.

Al llegar abajo, la playa de Valarés se divide en dos pequeñas calas, Valarés Grande y Valarés Pequeña Durante mucho tiempo y hasta que se prohibió la acampada libre, lugar de estancia para familias enteras que pasaban aquí todo el verano. El cuidado pinar que rodea este arenal es el lugar perfecto para realizar una comida campestre y una parada en este Camiño dos Faros.

La historia de Valarés es también la historia de Titania S.A., una empresa minera gallega creada en 1936 y extinguida en los años 1960, y dedicada a la explotación del titanio en Valarés. La mina fue descubierta en 1935 por el geógrafo Isidro Parga Pondal, y en la empresa participaron los hermanos Fernández López, poderosos industriales de la época. Titania fue la excepción a la fiebre de wolframio de otras minas de la comarca.

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Esta mina supuso un gran apoyo económico a la vida de la comarca de Corme y Laxe en la dura posguerra española. Disponía de economato, buenos sueldos para la época y condiciones laborales dignas.

Hoy se conservan restos del puerto y malamente se pueden ver las piscinas donde se separaba el rutilio (óxido de titanio) de la arena de la playa. Además del titanio se intentó tratar el azufre traído de otras minas, pero dejaron de hacerlo porque a muchos trabajadores se le caía el pelo y le salían manchas en la piel. En poco tiempo, se acabó el filón del titanio y en 1960 se cerró.

Según contaba a El País (06/06/2010) Luís Giadás, historiador encargado de la documentación de Titania S.A:

“La mina acabó con el hambre en toda la ría de Corme y Laxe”, asegura . Las fichas de beneficiarios del economato de la empresa y las entrevistas realizadas a 20 vecinos que participaron en la explotación de titanio son prácticamente la única información que queda hoy de la mina. En una economía herida por la Segunda Guerra Mundial, los usos del titanio despertaban sospechas hasta entre los empleados de la mina, que aún hoy no tienen muy claro a qué intereses servían. Unos creían que el mineral surtía la industria farmacéutica; otros, que se destinaba a un fin tan inocente como la fabricación del raspador de las cajas de cerillas. Alguno estaba convencido de que el titanio reforzaba las balas, igual que el volframio. “La mayor parte del mineral iba para el País Vasco, para Unquinosa, una empresa dirigida por alemanes”, puntualiza Giadás, que no se atreve a precisar hasta qué punto Titania S.A satisfacía las necesidades de la guerra en Europa. “En esta mina es más interesante lo que se calla que lo que se dice”, asegura.

En Valarés primero fueron los canteros, que construyeron un puerto escondido para el titanio y también para el contrabando. Las mujeres de O Couto, el lugar más cercano a Valarés, aprendieron entonces a amasar cemento para ayudar a los hombres en la construcción. Cuando empezó a explotarse la mina, fueron también ellas las que se encargaron de transportar sobre la cabeza las bacías con el preciado mineral, siempre mezclado con la arena que dejaba la bajamar. Cobraban menos -la media en los años 40 era de 15 pesetas por jornada- pero al igual que los hombres estaban aseguradas desde el primer día y se les reconocían las horas extra. “Titania S.A era una empresa muy moderna para la época. Cuando se acabó el filón en los años 60, el lugar discreto de Valarés fue recuperado para el contrabando de tabaco. “La playa es difícilmente visible desde cualquier punto”, explica Giadás.

El economato de Titania S.A, que vendía alimentos básicos a los empleados a un precio menor que el del mercado, alivió la dureza de los años de racionamiento. Los excedentes de harina o aceite eran revendidos para comprar zapatos y todavía hoy algún vecino cobra la pensión por sus años en la mina. “En una economía agromarinera, la mina fue el primer contacto con el sector secundario para muchos jóvenes”, razona Giadás. La mayoría de los trabajadores aguantaba poco tiempo, porque los sueldos en Valarés, aunque buenos para la época, no se podían comparar con los de las fábricas francesas o alemanas de los años 60.

Salimos de Valarés por el bosque y el parking de las dunas con otra historia aprendida en este Camiño dos Faros que no deja de sorprender.


Un paisaje en cada paso


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